Esperando, en silencio, en medio de un mar oscurecido por ser luna nueva, un hombre sentado en una barca pensaba preocupado, que quizá ya era el momento para despedirse de su vida, al menos tal y como la conocía.
La espesura de la noche era más calma que la oscuridad que surgía en su alma, porque la única respuesta que llegaba a su corazón era la de la desesperanza. Su vida se tornaba negra como las aguas, y sin luz como los cielos, llena de tempestades y con lágrimas como alimento.
Sabía que si no encontraba nada, se mezclaría con esa nada que lo rodeaba, su libertad se reduciría a polvo y su alegría se perdería para siempre, pues nada alegra a quien tiene el corazón ennegrecido por el sinsentido de estar en medio del vacío.
Sin ruido alguno en torno a él, lo único visible era el contraste entre la quietud de afuera con los torbellinos que cargaba ese pobre hombre y que le hacían derramar amargas lágrimas, mismas que se confundían con las aguas y que no le dejaban ver más que un cielo negro.
Pasadas las pesadas horas de esa noche, llegó la aurora de la mañana, y con ella la luz de un sol naciente y puro, que sin ruido alguno dejó ver en el fondo del agua el brillo de un tesoro único.
De momento el hombre lo vio sin sentir gran cosa, pero poco a poco la visión de lo que estaba en el fondo lo alegró. De pronto encontró un sentido para su vida, para la vida de su familia y la de algunos amigos que estaban con él, a los que no había notado mientras se lamentaba.
La felicidad obtenida con el encuentro del tesoro duró unos tres años; en los que hubo bonanza, aprendizaje y tranquilidad: hubo pan en abundancia, vino dulce, manjares suculentos sacados del mar, viajes y sorpresas, salud y esperanzas que parecían eternas.
Pero, no. Esas cosas eran cosas temporales, y al ser visibles llamaron la atención de algunos envidiosos, ávidos de tener y administrar esa riqueza, de la que tanto oían y que buscaban por todas partes, sin tener idea de dónde encontrarla.
Un día, esos envidiosos encontraron la forma de estar a solas con el hombre, y buscaron que revelara su secreto, querían manejar tesoros como el que él había encontrado, estaban dispuestos a todo: a atrapar lo que se tuviera que atrapar, a golpear lo que se tuviera que golpear, y a matar lo que se tuviera que matar.
El hombre les tuvo miedo, así que negó con todas sus fuerzas tener en sus manos tal fortuna, negó haberla encontrado, negó haberla disfrutado y maldijo todo lo que sobre ese tesoro se decía, pues eso lo había puesto en la mira de quienes lo cuestionaban.
Los sujetos lo dejaron en paz, pero se llevaron la paz del pobre hombre, que amargamente se quedó callado porque se dio cuenta de que negó lo que vivió, lo que lo alegró y lo que lo salvó.
De repente, sintió de nuevo el peso de aquella noche silenciosa de hacía tres años. Se vio a sí mismo antes de haber encontrado lo que no buscaba, y lo que no esperaba encontrar. Se apoderó nuevamente del él el dolor silente de aquella oscura noche, pero ese dolor ahora era más amargo, mucho más …
Se sumergió en sus pensamientos, sintió cómo estos lo jalaban hacia los abismos, la fuerza de su amargura lo sujetaba y lo presionaba como si tuviera una soga al cuello; una soga que lo asfixiaba y que lo alejaba de la vida, ahora no había piedad, tampoco había esperanza de consuelo alguno.
De repente, un sonido lo sacó de sus pensamientos, era el canto de un gallo, que salió quién sabe de dónde.
Al principio, el canto sonó lejos, pero cuando se escuchó por segunda vez, el hombre despertó y recordó que su nombre era Simón Pedro, recordó cómo ganó ese nombre y el llanto fluyó de nuevo, nada lo detenía excepto un silencioso soplo parecido a un conocido aliento.
Entonces el llanto llenó más los ojos del pescador, sus lágrimas corriendo le recordaron que todavía tenía esperanza de salvación, que la noche antecede al día, y que el perdón de su maestro basta para seguir.
Así que mientras lloraba y las lágrimas lo convertían en una roca que manaba agua, el pescador de hombres esperaba y confiaba. Su fe se fortalecía porque vio que sin poder ver debido a sus lágrimas veía que mejor que nunca que sería salvado por quien sólo sabía redimir y rescatar a los hombres perdidos en el mar.



