Le contaron muchos cuentos cruentos, tantos que su cabeza se llenó con ellos.
Tan cruentos que su corazón latió con la prisa de quien huye de la crueldad.
Tantos cuentos, en tantas noches, que su alma no tenía nada para reconocer la dulzura del mundo que se ofrecía a sus ojos.
Poco a poco y sin darse cuenta, se dormía a la vida y renunciaba a apreciar lo bello; porque le enseñaron que lo deseable era lastimar, así como lo escuchaba en los muchos cuentos que le daban para soñar.



