niña caminando en el bosque

Para una amiga, porque ahora está triste

Silvia caminaba sola por el bosque, salía a caminar de vez en cuando para despejar su mente, para llenar sus ojos con la luz y los claroscuros de que se componía la vida, para respirar y suspirar tranquilamente.

Con cada paso que daba, entre frondosos árboles, silenciosas ramas y ruidosas hojas en el piso, Silvia veía con claridad que el sabio tenía razón cuando decía que en su infancia no había conocido sombra, sino resolana, todo gracias a la presencia de un sol que infatigable lo buscaba.

Con cada paso, los pensamientos que preocupaban a Silvia se iban lejos, como lejos se había ido su infancia. Ahora las disfrutables resolanas de su vida aparecían ante sus ojos y Silvia muy bien veía a lo incomprensible tener sentido, siempre le dijeron que comprendería al crecer, pero ella sentía que en el fondo no había crecido realmente, especialmente cuando se asustaba por las tormentas que llegaban a dar vida al bosque por el que caminaba.

Al caminar, Silvia, respiraba el aroma verde del musgo y notaba cómo todo se confundía en el recuerdo, recordaba cuando jugaba, recordaba cuando dormía, recordaba… ahora con paz cada una de las despedidas que tuvo que pasar durante su larga vida, recordaba y respiraba y con cada respiro una hoja cerca de ella anunciaba su caída.

Silvia, caminaba en el bosque, y mientras veía la unidad de los colores y los aromas, entendía que la vida es una, unidad compuesta de hojas secas y nuevos brotes y mientras en ello pensaba entendió algo que la acongojaba:

Con una sonrisa tímida recordó los viejos tiempos en que la vida era descifrada por una sibilina, recordó que la lectura de la vida prevenía de la caída de las hojas que antes estaban llenas de vida. Esas caídas daban sentido a quienes consultaban al viejo oráculo y esas caídas daban sentido a quien caminaba por la vida buscando.

Silvia entendió la necesidad de las caídas y entendió que ella no era hoja sino la sibilina que en las hojas lee su propia vida, y después de mirarse entre hojas caídas y nuevos brotes, Silvia agradeció el reencuentro y partió feliz de ahí.

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