Nido entre flores nomeolvides

I

Matilde se despertó antes del alba, hizo sus oraciones matinales, como solía hacerlo todos los días, y con la alegría de una joven de 14 años se preparó para ir a la escuela.

Esa mañana se parecía a todas las mañanas en la vida de la joven Matilde, los olores de siempre salían de la cocina, sitio en el que su madre y su abuela se reunían para echar las tortillas al comal y preparar el atole; el sonido de los gallos y gallinas, alborotados porque ya era el momento del canto y del almuerzo llenaban los oídos de la joven, como siempre.

Pero, esa mañana, que se parecía a todas las mañanas, tenía la cualidad de ser distinta a las demás, tal y como ocurre con los amaneceres y los ocasos.

Aunque el ambiente matinal estaba lleno con el aire fresco de la primavera y con el aroma del rocío sobre las frescas nomeolvides, flores predilectas de la abuela de Matilde y que se encontraban regadas en macetas y jardineras, había algo distinto que haría un cambio irreversible en la vida de la joven.

Tras haber desayunado un par de huevos estrellados, mismos que se recogieron del corral el día anterior, con algo de atole de masa y una tortilla recién sacada del comal, Matilde, salió de su casa para acudir a la escuela rural, ubicada a 3 km.

El lector, poco acostumbrado a caminatas de más de 500m pensará que recorrer una distancia 6 veces más grande, con una mochila a cuestas, es algo terrible. Pero, para Matilde, la joven que se despertaba con una sonrisa y daba gracias a Dios por su vida, era maravilloso recorrer el campo lleno de flores y hierba fresca antes de tener que pasar varias horas sentada y quieta en un incómodo pupitre de madera desvencijada.

La joven Matilde se abría a la vida cada mañana, como las flores del campo que recorría y que la condicía a la escuela, sitio en el que su vida tomaba otros rumbos, pues todo lo que aprendía la desconectaba del entorno y la llevaba muy lejos, a otros mundos, llenos cosas con las que Matilde sólo podía soñar en esos momentos.

II

El día que comenzó con la mañana antes descrita, fue para Matilde uno de los más importantes de su vida, sólo que ella no se daría cuenta de ello, sino hasta muy avanzada su vida.

La joven caminaba por el campo para acudir a la escuela y como bien se imaginará el lector, en 3 km de trayecto caminando, puede pasar de todo, lo que aconteció con Matilde, no fue algo grandioso o aparatoso, es más ni siquiera fue traumático, como seguramente lo esperaría quien movido por la prisa se imaginó algo terrible.

Matilde no debió enfrentar peligros o enemigos en su recorrido, tampoco se enfrentó con animales salvajes y cruentos, ni sorteó tempestades, ella se encontró con un polluelo de paloma que había caído del nido y que no podía regresar, y en lugar de dejarlo a su suerte, decidió ayudarlo.

Matilde tomó al polluelo, lo revisó y al ver que el nido estaba muy alto decidió llevarlo consigo para ver si podía criarlo, ella ya había visto a su abuela revivir pollitos y canarios, quizá la dulce abuela podría hacer algo por el palomito.

En lugar de seguir su camino a la escuela, Matilde regresó a su casa. Como era de esperarse, la regañaron, porque estaba primero la obligación y después la devoción, especialmente cuando se trataba de ayudar pequeños palomitos necesitados.

Los amantes de decir que la infancia es destino quizá imaginen que el regaño fue tal que marcó a la joven, lamento desilusionarlos, porque no fue el caso, tampoco se trató del despertar de una vocación en favor de los derechos de los animales.

Lo que pasó fue más simple: Matilde encontró un palomito, no llegó a la escuela le llamaron la atención en casa y  al ver la fragilidad del pequeñito, la abuela y la madre de Matilde la ayudaron a criar al polluelo, así de simple.

O quizá no…

III

En las mañanas, con la promesa de no faltar a la escuela, Matilde salía de casa, encargaba al palomito con su madre y con su abuela, caminaba sus 3 km, tomaba clases y corría de regreso si no es que volaba, 3 km de prisas, porque debía llegar a ver su pequeño y frágil palomito.

Pasaron los días y el pequeño crecía, tanto Matilde como él sabían que en la mañana ella no estaría en casa, pero que el tiempo que tardaría en regresar era cada vez menos, porque Matilde salía corriendo en las mañanas y regresaba con prisa para ver a su polluelo.

El palomito se convirtió en palomo, así que un día por fin voló, y se fue de casa, Matilde sintió que se le partía el corazón, pero con el paso de los días la ausencia de su palomito se diluía y se convertía en un hermoso recuerdo del final de la infancia.

Fue un recuerdo del cuidado que tanto su abuela, su madre y ella dieron a una criatura que nada les pedía y que nada les debía en tanto que no dejó de ser lo era, un palomo que voló y que a veces regresaba para tomar agua o para encontrar comida, aunque poco a poco dejó de acudir al hogar.

IV

Después de algunos años, Matilde también voló del nido, le dieron una beca para estudiar lejos de casa y ella lo aceptó. Ahora vivía en una ciudad, de esas en las que rara vez uno se detiene a ver la naciente luz de la mañana.

Entre las actividades nocturnas de ese lugar lejos están ideas como buscar estrellas en el cielo, especialmente porque en este sitio hay una nata de prisas contaminantes que impiden a los habitantes girar la vista al cielo.

Entre tantos asuntos importantes que no debían desatenderse por nada, Matilde se fue olvidando de saborear el desayuno en las mañanas o de percatarse de los olores que la rodeaban, era más importante estar a tiempo para llamadas y juntas vitales.

V

Ya siendo adulta e independiente, un día Matilde se sintió mal, acudió al médico y le dijo que tenía mucho estrés, esa enfermedad que sale en todo, especialmente cuando no se sabe lo que se tiene, el médico no vio que Matilde en realidad tenía nostalgia.

Para evitar el estrés, le sugirieron que saliera a hacer ejercicio, le dijeron que tal vez debía comenzar a correr o hacer senderismo, con unos 3 km cada tercer día bastaría para que ella no se sintiera tan mal, especialmente porque ella no atinaba a decir qué era lo que mal andaba y por más análisis que le hacían estos sólo indicaban altos niveles de no se qué…

Resignada a ocupar su valioso tiempo en lo que no era productivo Matilde decidió unirse a una agrupación de senderismo, ahora que no tenía 14 años, sabía que no es racional caminar a solas por los campos, especialmente por aquellos que estaban cerca de las ciudades, siempre hay vagos por los caminos o senderos y hay que evitarlos, además de peligrosos animales que pueden acercarse, atacar o contagiar raras enfermedades.

Para hacerse menos pesado el camino, pues 3 km era demasiado, se ponía su música predilecta en los audífonos, y por las noches procuraba dormir con una grabación de sonidos del campo, las noches sin esos sonidos eran un suplicio para quien había olvidado cómo estar callado.

VI

Una mañana Matilde se levantó, antes del alba, tomó su ropa deportiva y se preparó para salir a caminar al campo, apenas notó que sus audífonos no tenían pila, por lo que la música se acabó de pronto y debió guardarlos.

Con los oídos abiertos a los sonidos externos, de pronto escuchó el piar de un polluelo que había caído del nido, era un palomito, como el que había criado cuando era joven, cuando estaba en casa de su mamá, en esa casa llena de nomeolvides sembrados por su abuela en macetas y jardineras.

Matilde recordó su dedicación al cuidado de aquel palomo que de seguro ya no volaba sobre la faz de la Tierra.

A pesar de lo que le decían sus compañeras de ejercicio sobre el peligro de andar recogiendo animales, cuando existen tiendas de mascotas que te pueden garantizar la ausencia de enfermedades, Matilde lo llevó a casa para ver si podía cuidarlo.

Sin la ayuda de su madre, sin los cuidados de la abuela, el nuevo palomito murió y con el corazón roto, más por la muerte del nuevo polluelo, que por la partida del palomo anterior, Matilde comenzó a ver su vida citadina, esa vida en la que 3 km a pie son una hazaña y no cosa de todos los días, esa vida en la que te tapas los oídos para no oír tus pensamientos en las mañanas y buscas sonidos para apagar a la consciencia en las noches, donde las tortillas hechas a mano son un lujo y en la que se cambia la vida por distractores.

La nostalgia fue tanta, que Matilde quiso regresar a su antigua casa y vida, pero eso ya no era posible, hacía mucho que las bondades de la ciudad habían llegado a la casa de su mamá, ahora allá también tenían una vida más cómoda, aunque con las prisas disparadas que eran propias de las promesas de una mejor vida.

VII

Sin poder regresar al nido y sintiéndose desterrada, Matilde decidió…

Y como el palomito de hace años, muchos años atrás, ahora veo a Doña Mati, mi linda abue, contándome su historia, a veces añadiendo hilos, a veces quitándolos para limpiar el nido de su memoria, ese nido en el que me nutro de nomeolvides, de aromas y de recuerdos que no son míos.

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