En cuanto me sentí libre, noté que mis ojos se embelezaban con la luz, por primera vez mi alma estaba dispuesta para contemplar un mundo que se presentaba nuevo, rico y antojable.
Inolvadable sería la sensación de mi pecho, en ese preciso momento. Cualquiera hubiera notado el movimiento de mis pulmones, llenandose con un aire fresco; un aire cargado con un nuevo aroma para mi.
Aunque ese aroma siempre había estado, no había reparado en él, la vida pasa y no prestamos atención en los detalles que la convierten en algo valioso.
Por primera vez, me había detenido a oler algo tan bello.
Casi podría decir que ese aroma es mejor que el de las flores frescas, porque este nuevo olor está lleno de esperanzas y de calidez. Traía consigo la esperanza de un buen amanecer y la calidez que brinda un buen jarro de café de olla, hervido, con canela, clavo de olor y hasta cáscaras de naranja.
Me gustó la libertad, porque también sentí que mis manos, dejaban de estar rígidas, hacía mucho tiempo que mis proipias manos dejaron de abrirse con suavidad ante la vida. Se diría que mis dedos se preparaban para acariciar con delicadeza lo que en mis manos cayera.
En ese mágico instante, bajo mis pies, la tierra húmeda se abría para ofrecerme nuevos horizontes; había tanto para recorrer y tan poco tiempo. Creo que fui más libre que nunca y con esa libertad me quedo.
Ahora, el ruido de la vida se presentaba a mis oídos como música. Todo es una sinfonía de acordes, silencios y desacordes perfectamente acomodados.
Las tormentas que no daban tregua a mi sueño, por fin se habían aplacado y daban paso a la calma.
Y ya en la calma entendí, lo que significa el perdón, lo que es tener libertad y debo confesar, que me sentí feliz.
Calma… al fin calma.
Y ya en calma, con el pecho lleno de paz y libertad, exhalaba mi último aliento.
Por fin, dejaba de sentir los golpes que molían a mi voluntad y a mi cuerpo.
Por fin se acabaron esos golpes con los que me saludaba mi mamá. Al fin dejé de pagar con mi sangre el enojo que sentía cada vez que algún hombre la despertaba del sueño de ser amada, sólo por permitir el uso indiscriminado de su cuerpo.



