¿Libre?

Libertad sin poder

Ana María Constanza de la Cruz y Garza, decidió que lo mejor que podía elegir en esta vida, era su paz y su libertad. Así que cansada y aburrida de tanta estabilidad, un día preparó los pleitos que harían posible su ansiada vida de exotismo y placer constante, pues su cuerpo le demandaba más de lo que ella podía o quería gobernar.

Harta del silencio que impone la carencia de fiestas, y la amargura que trae consigo la estabilidad de una aburrida vida hogareña, Ana María Constanza de la Cruz y Garza, comenzó a llenarse de material que le demostrara que no había nada mejor que su paz, su tranquilidad y su libertad, prestemos atención a la palabra su, para entender mejor el alma compleja y profunda de Ana María Constanza de la Cruz y Garza.

Ella, dominada por lo que otros considerarían más bajo, buscó en el mejor lugar en donde podía estar disponible el material que validara su idea y necesidad, para unos cuantos inventada, para otros muy real. Entre búsqueda y búsqueda, Ana María Constanza de la Cruz y Garza dio con un libro de caras en donde todo mundo ocultaba su real rostro y todos se veían felices porque podían hacer todo sin tener consecuencias por lo que hicieran.

Entre discursos medianamente estoícos, fatalistas, feministas y machistas, y por qué no, otros buena ondita; Ana María Constanza de la Cruz y Garza, eligió que lo mejor para ella era dejar a su marido, y a sus hijos, por ser hombres. Nada como el divorcio para tener estatus entre las amigas sin rostro que había hecho en el libro de caras filtradas.

Así pues, el día en que se eligió a sí misma Ana María Constanza de la Cruz y Garza, se armó de valor para decirle a su futuro ex que ya no quería nada con él, porque su caracter estable, respetuoso, y alejado de vicios lo convertía en un buen padre y perfecto esposo, lo que no le permitía a ella encajar con el discurso de víctima de sus ya empoderadas amigas, todas alejadas de gente opresora y mala.

Cuando el hombre con el que había compartido más de 10 años se fue, y junto con él los niños por los que Ana María Constanza de la Cruz y Garza hacía todo y daba todo, a cambio de una buena foto, que la mostrara al mundo como madre abnegada de dos criaturas a los que ella perdonaba todo a pesar de ser hombres; llegó el silencio más grande de su vida, un silencio pacífico e insoportable, un silencio empoderante, que sólo se podía aplacar con el ruido del libro de cabecera de la protagonista de hoy, el libro de caras y máscaras.

Así que, para «disfrutar» de su nueva dignidad, de su paz y de su nueva estabilidad, Ana María Constanza de la Cruz y Garza se fue a migajear esperando tener para ella lo que ya no podía.

En la cabeza de Ana María Constanza de la Cruz y Garza, nada habla de libertad, paz, tranquilidad y felicidad como abrir la puerta a constantes conflictos, a la posibilidad de recibir insultos, la emoción de dañarse y poder presumirse como víctima constante de machos opresores. Pues, esa presunción trae como resultado que más de diez de esos rostros inexpresivos levanten la mano para decir: «Bien, ya te vi, a lo que sigue».

¡Hum! Dicho así, ya no suena como una buena idea. Pero las personas libres como Ana María Constanza de la Cruz y Garza jamás se arrepienten, porque nunca se equivocan, y con una camándula colgada al cuello, se siguen mostrando como la eterna víctima que no eligió nada de lo que le va pasando.

Dejemos pasar el tiempo, un año, dos, tres, cuatro, casi cinco para ver cómo le va a la empoderada Ana María Constanza de la Cruz y Garza…

Tras varios años de vivir su propia paz, su propia libertad y su propia dignidad. Ahora vemos a una Ana María Constanza de la Cruz y Garza, que llora a solas haciendo berrinche, no porque aprendió que en su felicidad no es feliz, o que su paz no es pacífica o que su tranquilidad es más ansiosa que nada, sino porque hartas de tanto llanto, las caras inexpresivas del libro de caras comenzaron a ver la historia de Ana María Constanza de la Cruz y Garza como la negación de quien pudiendo ser guerrera en la constancia, se conformó con ser un chiste mal contado para hacer reir los rostros de quienes se escondieron tras el filtro de los rostros más falsos.

Cualquiera diría que, Ana María Constanza de la Cruz y Garza, es un ejemplo de lo que pasa cuando por tener el ruido de más de diez aplausos, se es capaz de pasar por encima de todo y de todos, hasta de uno mismo.

Lástima que ese ejemplo sirva a muchos, pero no a quienes como Ana María Constanza de la Cruz y Garza se exhiben y muestran ante todas las pantallas con camandula de plata al cuello y una sonrisa borrada a punta de filtros y manitas alzadas.

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