Camila estaba pasando un pésimo día, estaba muy aburrida porque la lluvia no le permitía salir para nada de su casa.
Llovía a cántaros día y noche; para colmo de males, no había electricidad desde hacía más de diez días y no tener televisión, radio, internet o celular ya no eran el problema principal a resolver. En casa de Camila sólo había comida enlatada.
Imagina, pasar diez días sólo comiendo enlatados y sin poder dejar nada porque no hay modo de refrigerarlos. Camila no había previsto la falta de electricidad y menos lo que esto significaba en su vida, por el momento sólo sabía que estaba muy aburrida.
Después de siete días de lluvias y carencia de electricidad, las tiendas y comercios de sus alrededores sólo tenían enlatados, que estaban comenzando a escasear, porque resultó que las fábricas donde los producían tuvieron que dejar de trabajar, no había luz en toda la región.
Los negocios que solían vender alimentos frescos o preparados ya no le vieron caso a abrir pues lo poco que lograban hacer se echaba a perder muy rápido, la gente no salía a comprar por la lluvia y la falta de internet y electricidad impidieron en comercio a distancia, así que una vez terminada la venta de enlatados, todos se encerraron en su casa.
Camila, estaba fastidiada de sólo oír llover, ver llover, oler llover y comer enlatados.
Habían pasado diez días y no había modo de saber para cuando dejaría de llover y se acabaría el martirio del silencio, del aislamiento y de tener que comer lo mismo a diario, con el temor de que eso mismo terminara por acabarse.
Entre la incertidumbre y el fastidio Camila vivía eternamente aburrida, ver llover ya no le gustaba, en las noches sólo le quedaba oír llover y todo el día oler llover, ese diluvio que la condenaba al encierro no la dejaba en paz.
¡Qué eternidad tan terrible vivía Camila! La lluvia provocaba calor, y no había nada para disiparlo, ni siquiera el consuelo de abrir una ventana, porque se metía esa canija lluvia y mojaba todo.
Si al menos Camila hubiera aprendido que leer no era algo aburrido, quizá se hubiera prevenido con algún libro para cuando no hay electricidad disponible, pero no fue el caso, tampoco sabía hacer algo con las manos que no implicara una interacción con algún dispositivo electrónico, así que por ahora no había nada, sólo pasar el día aburrida y tratar de dormir en la noche.
La madre de Camila le decía que ella era afortunada: a diferencia de otros, ella tenía un techo para cubrirse y comida para alimentarse. Pero, Camila no entendía lo afortunada que era, porque se pasaba las horas masticando la idea de que estaba aburrida y que su mundo se desmoronaba, le faltaba luz para tener a la mano lo mejor de ese mundo en el que vivía todo el día.
Camila se aburría terriblemente, su alma pesaba y el fastidio por el encierro y la comida enlatada le impedían ver lo bien que estaba, las horas pasaban lentas, los días más, llebaba diez días. Lo bueno es que no se enteró sino hasta pasada la lluvia que le faltaban otros treinta por pasar en los que se podía ver llover, oír llover, oler llover y comer enlatados.
Imagina qué horror, cuarenta días encerrada sin modo de ver al exterior, comiendo comida en conserva, sin otra cosa qué hacer que ver llover, oír llover, oler llover y escuchar de vez en cuando a su madre diciendo que era una chica muy afortunada.
Cualquiera diría que lo primero que hizo Camila cuando dejó de llover fue seguir en el aburrimiento porque el cese de la lluvia no significaba el regreso de la electricidad y de su mundo, pero no fue el caso. Nadie pasa cuarenta días y cuarenta noches en el encierro que vivió Camila y sigue siendo el mismo.
Cuando dejó de llover, Camila se asomó por la ventana, era de día y las nubes se disipaban, en ese momento Camila aprendió el arte de encontrar formas en las nubes, por lo que por primera vez en días se asomó una sonrisa en la cara de la jovencita.
El arte de ver las nubes y encontrar formas le mostró a Camila una luz diferente a la eléctrica, poco a poco dejó de quejarse de la comida y comenzó a agradecerla. El ingenio de Camila se había despertado.
La falta de lluvia también despertó el ingenio de los vecinos de Camila, hubo formas de comerciar alimentos sin depender tanto de los enlatados o de los refrigeradores.
El mundo de Camila había cambiado y para cuando regresó la electricidad Camila ya había aprendido que fue muy afortunada durante esos oscuros días en los que no hacía otra cosa que ver llover, oír llover y oler la lluvia que caía afuera de su casa.
Camila había recuperado la luz.



