Soledad era una persona muy amiguera. Tenía relaciones públicas de importancia y peso, y otras no tanto, también tenía la capacidad para sonreir a todo mundo y para mostrar siempre su mejor cara. Trataba tan bien a todos, en todo momento y lugar, que nadie pudo estar como sin nada cuando Soledad se fue sin decir nada a nadie, sin hacer a nadie partícipe de su marcha y cambio de aires para siempre.
Ese día cuando sus amigos, vecinos y conocidos se dieron cuenta de la falta de alguien entre ellos, fuen un día lleno de extrañeza más que de sorpresa o tristeza, todos se habían acostumbrado a la intermitente y por lo mismo inconstante presencia de Soledad.
Los primeros días, la familia pensó que Soledad estaba en casa de algún amigo o conocido, ayudando en alguna de las tareas que solían ser abrumadoras para todos. Pero, pasados los primeros días, la familia empesó a extrañar a Soledad y comenzó a preguntar por ella.
Los vecinos dijeron que ya tenían tiempo de no verla, pero eso no les extrañó porque conocían a Soledad como una persona sumamente ocupada y ya estaban acostumbrados a interactuar con ella y terminar conversando sobre ellos mismos. De este modo cuando empezaron a preguntar en dónde estaba Soledad, también comenzaron a preguntarse qué tanto sabían realmente sobre ella.
La búsqueda se extendió con los conocidos. Al buscar contactos, todos vieron la verdad sobre Soledad: tenía muchos amigos y seguidores en redes sociales; aunque ella era muy reservada con su vida, siempre tenía para todos palabras bonitas de aliento, republicadas de otros sitios, pero alientos al fin.
Los conocidos se extrañaron primero de la ausencia de publicaciones bonitas, pero como ya se habían dado temporadas en las que Soledad dejaba por un rato las redes, optaron por hacer a un lado la pregunta.
Con el paso de los días, las semanas y los meses, la familia comenzó a preocuparse, luego los vecinos y después los conocidos. En su preocupación, todos comenzaron a compartir impresiones sobre Soledad, y si algo salió a la Luz es que Soledad escuchaba bastante, pero casi no se sabía nada de ella.
Algunos recordaban cuando le habían contado a Soledad sobre sus colores o comidas favoritas, pero si se preguntaban por los colores y comidas que más gustaban a la que no aparecía, no sabían nada; otros recordaban cuándo Soledad les escuchó llorando amargamente por alguna tragedia, de esas que ocurren en la vida, pero no tenían algún recuerdo en el cual Soledad fuera la consolada; hubo otros que recordaban las obras emprendidas por Soledad para ayudarles, pero no recordaban si hubo algún instante cuando ellos mismos ayudaran con algo a Soledad.
Poco a poco la extrañeza sobre la propia Soledad se fue extendiendo: al inició a todos les sorprendió la ausencia de ese oído, esas palabras bonitas republicadas de otros lados, ese hombro, o esas manos; pero, con el paso del tiempo se fue borrando el recuerdo de Soledad.
Primero la olvidaron los conocidos, sumergidos en otras publicaciones, provenientes de los mismos sitios en los cuales Soledad buscó alguna vez; luego la olvidaron los amigos, porque encontraron apoyo y consuelo en otros hombros; después la olvidó la familia, acostumbrada a una ausencia más notoria que las de antes; y finalmente la olvidé yo, pues para no hablar de Soledad hablé de la familia, los amigos y los conocidos dejados por ella.
Quizá lo único justo para decir sobre Soledad es que ella se perdió en un inmenso mar de soledades: la soledad de su familia, la de sus amigos, vecinos y conocidos, y hasta en la mía, dejandome incapaz de hablar sobre quien ella es realmente.



