A veces cuando el cuerpo debe defenderse de algún virus o bacteria, el calor de la batalla se convierte en fiebre y los escalofríos, temblores y cansancio son más que evidentes, lo que nos convierte en enfermos detectados y susceptibles de ser ayudados por los demás.
El calor que otros perciben contrasta con el frío que puede sentir el enfermo, y la locura comienza a hacer de las suyas cuando los grados van aumentando y el enfermo poco a poco va perdiendo la consciencia y la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, pero los demás sí lo notan y pueden ayudar a quien por fiebre acaba postrado.
Gracias a Dios, la fiebre es notoria y hasta las mamás primerisas pueden detectarla, y movidas por la lógica tratan de hacer algo para que el enfermo mejore, o al menos que le baje la temperatura para que no termine perdido, a causa de las sensaciones pueden ser contarias a lo que ocurre en el mundo.
La fiebre en el cuerpo se nota y mucho.
Pero, la fiebre en el alma es algo que cuesta más trabajo detectar. El enfermo no siempre nota que su capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso ha sido alterada, por sus acciones, por lo que escucha o por la presencia de pensamientos parasiatrios y de ideas virales con las que se ha enganchado.
Quien ha tenido fiebre, por causa de una bacteria o de un virus, logra ver que está cansado y se recuesta para aceptar los cuidados de quien sí nota la diferencia entre el frío y el calor. Pero quien enferma del alma aunque se siente cansado dificilmente acepta su fatiga y por lo mismo se niega a ser curado por quien sí nota la diferencia entre lo real y lo imaginario.
La fiebre en el cuerpo se alivia con los cuidados apropiados, y en ocasiones con medicamentos capaces de acabar con los intrusos que han invadido al cuerpo, algunos de ellos dolorosos, otros amargos. Pero la fiebre en el alma nos lleva a caer y a celebrar las caídas como grandes victorias, nos lleva a confundir lo bueno con lo malo y lo vergonzoso con lo deseable, son tantos y tan variados los efectos de la fiebre en el alma que de intentar enucniarlos es imposible no sentirse abrumado.
Quien tiene fiebre en el cuerpo, suele recibir atenciones y cuidados, pero quien la llega a padecer del alma, muchas veces termina solo y acabado; porque sus alucinaciones le hacen negarse a toda posibilidad de alivio y salvación.
El febril en el alma siempre tiene la razón, está según él pleno y feliz y se niega a recibir ayuda, especialmente si el alivio cae como balde de agua fría y la sanación duele, como duele ver el estado del alma cuando ha enfermado y como duele ver todo el dolor que se ha causado al tratar de huir del dolor sentido.
Por eso, más miedo hay que tenerle a la fiebre en el alma que a la fiebre en el cuerpo, porque la fieber en el alma es silenciosa, causa vértigos y mareos, nos lleva al piso y nos hace creer que todo lo vemos desde las alturas de un cielo alcanzado, nos da la mirada soberbia que tiene la vívora rastrera.
La fiebre en el cuerpo es más amable, porque nos deja cansados y débiles, capaces de recibir ayuda y nos acerca más a estar sanos, mientras que la fiebre en el alma nos llena de un alivio falso y nos conduce a sentirnos orgullosos de ser arrastrados por los males y vergüenzas más denesnables, al mismo tiempo que nos aleja de quienes estando sanos podrían ayudarnos a salvar lo que vale más que el cuerpo y los alivios falsos.



