Se vende tristeza

Después de recibir inumerables invitaciones a sentir, comprendí que uno de los negocios más prósperos en mi siglo, es la compraventa de la tristeza.

Y es que comenzando por el hecho de que ni siquiera sé cuál es el siglo o el milenio al que pertenezco, tal pareciera que lo único que me queda es estar triste y perdida ante un espacio infinitamente vacío. Pero eso sí, repleto de notificaciones, actividades, aparatos, objetos y propósitos; todos enfocados a hacer de mí una persona equilibrada y feliz, pero nunca satisfecha y por lo mismo siempre disponible para producir más tristeza, el gran combustible del mundo.

«Todos» a mi alrededor, y decir todos es un decir, compiten por adquirir mi tristeza para tratarla, algunos buscan empoderarme señalando mi carencia de poder para ello, otros buscan consolarme de pérdidas que no sabía que había padecido y otros me dan soluciones que pueden diluir hasta las capas más gruesas de una felicidad que «todos» saben que es falsa aunque yo la perciba como auténtica, porque en el comercio de la tristeza no hay felicidad auténtica.

Con tantos interesados en adquirir mi tristeza, y la de tantos que como yo seguramente fingimos felicidad al sonreir si se nos ocurre jugar bajo la lluvia, vi una oportunidad de negocio que ha sido el secreto de los negociantes de este siglo desubicado, al que no sé si pertenezco o no, y del que es necesario renegar para ser buen negociante.

Se trata de vender la tristeza al mejor postor, entre más compleja más costosa, entre más enredada más lujosa y entre más real mejor, porque nada da una mejor experiencia de usuario a quien trafica con la tristeza como el hecho de saberse y sentirse solucionador de todas las dificultades de un mundo enfermo y triste, que dejó de ser feliz cuando se dedicó a cazar a la felicidad en todas partes.

Tal vez, los que no somos tan duchos en los negocios no nos hemos dado cuenta del gran valor de nuestras cuitas, porque estamos ocupados produciendo el bien más costoso y lujoso de este siglo.

Por estar tristes no vemos que lo que deja es comprar o vender tristeza para sembrarla y cosechar lo que sólo se puede obtener cuando se siembra tristeza, unos enormes cultivos de tristeza, que bien manejados se convierten en depresión severa y en tratamientos cada vez más tardados y costosos.

«Nada es tan bueno como crear un problema para vender la solución», dirán los mejores compradores o vendedores de este oro azul, lloroso y perfecto para crear más productos de consumo enfocados a luchar contra la tristeza, o lo que pueda reducir sin extinguir del todo su existencia en el mundo.

La tristeza es buscada por todas partes, sólo es cosa de ver el celular y contar cuántas soluciones contra la tristeza no nos ofrece el aparato.

Porque, aceptémoslo o no la tristeza es un potenciador de riqueza, ¿qué sentido tiene la búsqueda de sentido cuando ya se sabe de dónde vengo y a dónde voy? el turismo crece gracias a la tristeza y el consumo de cosas y medicamentos también crecen, lo que genera empleos e ideas para huir más lejos de lo que se lleva por dentro.

La tristeza es la que nos impulsa a huir de todo, pero al mismo tiempo se queda en el alma como para acompañarnos siempre a donde sea que vayamos, de modo que hay garantías de que regrese con hambre de más. Sin tristeza no serían posibles los viajes espaciales, o ya de perdida los virtuales, que nos hacen pasar de una idea a otra sin cesar, no habría tragedias que nos entretienen, ni comedias para dejar de llorar.

Cualquiera que no sepa ni en qué año vive y que no tenga idea de su pertenencia cambiará de objetos, lugares, personas y experiencias y consumirá cada vez más. Lo que ayuda mucho a los traficantes de tristeza y de todo lo que se le parezca.

He de reconocer que a veces me siento triste, y que por mi ceguera en cuanto a las oportunidades de negocio no había notado el bien tan valioso que tengo si cultivo mi propia tristeza huyendo de la tristeza y encontrandome con ella de vez en cuando para ver que sigue creciendo y que me puede devorar.

Por eso aunque no soy tan productiva como quienes ya encontraron en su propia tristeza la plenitud y felicidad que les permite comerciar con la propia tristeza, y hasta con las tristezas ajenas , quizá algo pueda obtener al vender mi tristeza al mejor postor o al mejor apostador, veamos quién da más y cuánto logra producir con ese oro azul y lloroso que puedo extraer a raudales de mi alma.

Deja el primer comentario