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Hipocondria

Hipocondria

La señora S, con S de señora, estaba casada con el señor C, con C de casique, y gustaba mucho de cuidarse, tanto que cada vez que tenía la oportunidad de preguntar por cualquier movimiento que pasara en su interior, o en torno a ella, lo hacía con el mayor descaro y con la menor descencia posible.

No importaba a la señora S, con S de señora, si estaba en una cena, o buscando en la alacena o curioseando entre las pertenencias del señor C, con C de casique, ella siempre preguntaba por las consecuencias que para su salud tenía todo lo que pasaba.

Si pasaba una mosca, por ejemplo, la señora S, con S de señora, inmediatamente corría al despacho donde se encerraba el señor C, con C de casique, y preguntaba a qué se debía aquello que no quería ver ni en su casa, ni en la iglesia, ni en ningún otro lado, por que todos estamos de acuerdo en que las moscas son capaces de trasportar bacterias y por lo mismo enfermedades.

Tan angustiada vivía la pobre señora S, con S de señora, que a veces ni siquiera le importaba interrumpir al señor C, con C de casique. Incluso entraba sin pedir permiso al despacho donde el poco vergonzoso C se pasaba las tardes revisando los pendientes de su secretaria, quien solía tener muchas preocupaciones; pues la pobre cargaba sola con la manutención de tres chamacos de distinto papá y parecía que venía un cuarto en camino del que no quería hablar mucho, aunque ya se empezaba a notar.

El señor C, con C de casique, solía aceptar con una sonrisa las insolencias de la señora S, con S de señora, porque sabía que ella estaba muy enferma, o al menos eso es lo que ella decía cada vez que leía en internet que alguna enfermedad nueva había o cuando se veía a sí misma respirando agitada o teniendo sed. En casa nadie era más capaz para notar los pequeños cambios, que la señora S, con S de señora.

Pero, un día la sonrisa del señor C, con C de casique, se borró de manera permanente, porque repentinamente la señora S, dejó de sentirse mal y muy preocupada, ya no se escandalizaba por las moscas o por las enfermedades publicadas en todas las páginas de internet que solía revisar, ni acudía al médico tres veces por semana, como solía hacerlo antaño.

Algo había cambiado, y era más que notorio, es como si lo saludable ya no preocupara a la señora S y ahora se ocupara en otras cosas, así que el señor C, comenzó a buscar entre las cosas de la señora y se encontró con que su preocupación por la salud terminó justo el día en que el guapo médico que atendía cerca se mudó lejos, muy lejos, donde el viento da la vuelta, decía el diario de la señora.

Una idea llevó a otra y el señor C comenzó a desconcentrarse, su secretaria con pendientes lo estafó y se fue, dejándole tiempo libre para notar que la señora ya no se ocupaba de la medicina porque su interés ahora eran las leyes y la arquitectura, lo que le cayó de sorpresa y lo enfermó de todo lo que encontró posible el pobre C en múltiples consultas con un chatbot que le programaron para siempre diagnosticar lo peor.

He de decir que el cambio de la señora no sorprendió a quien atento conoció al abogado y al arquitecto que llegaron a vivir cerca de este matrimonio.

El abogado llegó para ayudar al señor con lo de la estafa de la que fue víctima y el arquitecto, vino especialmente a petición de la Señora S quien se presentó como la señora de C.

Afortunadamente para S, tras sentir una honda tristeza decidió que nunca estuvo enferma sino carente de luz natural en su hogar, para lo que hacían falta tragaluces y ventanas nuevas, mismas que fue a buscar junto con el arquitecto que acababa de contratar.

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